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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos Cortos

El fin (y otros cuentos) Fredric Brown

    El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.       - Y he encontrado la ecuación clave - dijo un buen día a su hija -. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.       Apretando un botón mientras hablaba, dijo:       - Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto - dijo, hablaba mientras botón un apretando.       - Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. - Hija su a día buen un dijo -. Clave ecuación la encontrado he y.  Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.  Fin el. Y otros cuentos más de este autor: APRENDED GEOMETRIA   Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.  Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más es...

Leyenda africana. Versión de Laura Roldán

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Corazón delator. Edgar Allan Poe

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¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia. Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y libr...

El recuerdo perdido. Isaac Asimov

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Crédito de la imagen: https://www.flickr.com/photos/morenolosada/2505691347 “Transcurridos miles de siglos recordó que era Ames. No la combinación de longitudes de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido que correspondía a la pronunciación de su nombre. Nació así una pálida evocación de las ondas sonoras que ahora no percibía, y que no percibiría jamás.  El nuevo proyecto aguzaba su memoria, resucitando tantas y tantas cosas extraviadas en la noche de los tiempos.  Entonces condensó las cargas de energía que constituían el conjunto de su individualidad, y sus líneas de fuerza se extendieron mucho más allá de las estrellas. La respuesta de Brock llegó hasta él. «Puedo confiar en Brock», pensó Ames. Estaba seguro.  El flujo energético de Brock entró en contacto con el suyo:  —¿No vas a venir, Ames?  —Claro que sí.  —¿Participarás en el concurso?  —¡Sí! —Las líneas de fuerza...

Dafne y Apolo

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Cierta vez, estaba Apolo disparando sus flechas y logró dar muerte a una gran serpiente venenosa. Cuando se acercó a su presa, descubrió entre el follaje, a un niño con las alas de oro. Era Eros, el dios del amor quien, con sus flechas, atravesaba el corazón de los hombres y de los dioses para inspirarles amor. Cuando vio las flechas de Apolo, se acercó curioso y tomó una para jugar con ella. Entonces, Apolo lo increpó: -¡Deja esa flecha, Eros! Es un arma demasiado poderosa para que la utilice un niño. Con ella, He dado muerte a esta temible serpiente, que es mucho más de lo que puedes hacer con tus dardos. -No te jactes Apolo, porque si tus flechas pueden atravesar a los animales, las mías se clavan por igual en el corazón de los hombres y en el de los inmortales dioses. si yo quisiera, podría hacerte sufrir mucho… -Difícil será que puedas hacerlo, pequeño Eros – lo desafió Apolo y se alejó riéndose.  El niño se enojó y juró vengarse. Entre los dardos que tenía Eros, ...

A la deriva. Horacio Quiroga

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El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dific...